El sucedaneo

Para los que crecimos en democracia la política era algo útil, una sana costumbre, una forma de funcionamiento representativa, consustancial -eso pensábamos- a lo que éramos pero, sobre todo, con lo que queríamos ser. “La libertad solo es visible para quien la labra”, advertía Silvio Rodriguez. La costumbre se transformó en acomodo, en simple rutina, en reglas formales de un juego al que no jugábamos ni cerrajeros Badajoz ni cerrajeros Donostia, ni nos lo tomábamos en serio. Una noche, mientras roncábamos a pierna suelta con los postigos de nuestra casa abiertos de par en par, entraron y nos robaron aquellos que si conocían la importancia que tenía dejar la política en nuestras manos, conscientes ellos de que nosotros, tal vez, no sabíamos o quizá habíamos olvidado el valor que tenía, víctimas inconscientes de confundir valor y precio. Nos robaron, si, aquella bendita costumbre, nuestras reglas con las que jugar, el valor que nos hacía dueños de nuestro destino, el valor que nos hacía verdaderamente valiosos.

Es cierto que nos robaron.Es cierto también que nos dejamos robar. Es cierto que tardamos en darnos cuenta de que aquel objeto, que no estaba sobre el televisor, ni sobre el piano, ni en la mesa del salón, sino en cualquier repisa inaccesible, cogiendo polvo, había sido sustraído. Para aquel entonces, ya era demasiado tarde. Habían comprado el sistema, nuestros políticos, nuestros partidos, los más grandes (los demás poco importaban).

Las señas ideológicas moderadas -democratacristianos, socialdemócratas- se habían tornado en defensoras radicales de los intereses de sus flamantes amos, los cuarenta ladrones, y el nuevo status quo. La política ahora trabajaba por menos salario en el otro bando, con otras reglas; nos decían que no, que nada sustancial había cambiado, que seguíamos siendo libres, que vivíamos una mala racha pero saldríamos de ella. Falso; la economía no era la economía de la ciudadanía sino las economías de los bancos y sus intereses y sus comisiones, de los grupos financieros que hacían crecer edificios de ganancias reales basadas en el humo del trilero, en la magia negra de la especulación y la ruleta que apuesta a que pierdes y no a que produces. “La deuda privada, mire usted, está por encima de su operación de cataratas, su pensión o la preservación del águila culebrera; lo dice la constitución”. Cuatro ilusos trataron de parar a los ladrones como siempre se había hecho: con la política; pero ya no tenían la herramienta, se la habían llevado y en su lugar nos dejaron un sucedáneo estéril, ineficaz. Otros, los más influenciables, tal vez los mismos que arrumbaron la política en un lugar olvidado de nuestra casa y no percibieron el cambiazo, como una profecía auto cumplida concluyeron que habíamos vivido en un espejismo de derechos que no merecíamos y que, en realidad, nos merecíamos todo lo que estaba pasando porque lo que estaba pasando, era, es, culpa nuestra, que estábamos recibiendo nuestro merecido y que, como ellos ya había advertido en su momento, la política no sirve para nada.

 

B.P.N.

Written By Manolo